Le he estado dando vueltas a un pequeño proyecto literario
que ahora empiezo a compartir a través de este blog. "Cartas cuentas y
cuentos" es un ejercicio en el que caben historias, cuentos breves,
cartas imaginarias y géneros varios. Llamado así simplemente porque así se me
ocurrió, va la primera entrega.
LA MANDA
Llegó al pueblito de El Tizonazo a pagar la promesa hecha
un año antes al Santo Señor de los Guerreros. Caía la tarde cuando se acercó a
la capilla y pacientemente se fue abriendo paso para llegar hasta el altar y
postrarse ante la imagen, como hombre de fe que era. De fe y de palabra, porque
en un momento difícil empeñó su palabra y estaba ahí para cumplir.
Viajó solo, caminó cinco días a pie desde Parral, se perdió
en el camino y tuvo que desandar un buen tramo. A esa hora de la tarde se
sentía cansado, pero satisfecho. Tuvo que ceder el lugar ante el altar y frente
a la imagen del Señor de los Guerreros a una mujer bastante mayor que parecía
muy ansiosa y otra vez se abrió camino pacientemente para salir de la capilla.
En el atrio le pegó el sol de frente y se detuvo un
momento. Además de la luz, le llegaron de golpe los sonidos, los olores y todo
el colorido de la fiesta. Una gran fiesta, la feria del pueblo, en honor del
santo. Gritos de vendedores de todo tipo de artículos, música norteña,
corridos, canciones de ritmo duranguense. El festejo popular se percibía en
grande más allá del atrio, porque ahí dentro aún se respiraba algo de fervor
religioso, con los grupos de danzantes de matachines y las pretendidas danzas
prehispánicas.
Siguió caminando. Le pareció que pasaba de un mundo a otro
en un instante, pero habitado por las mismas almas. Los mismos rostros serios
que un momento antes vio dentro de la capilla se aparecían ahora, algunos, con
la intención dibujada de correrse una parranda. Aquí un puesto de discos
piratas, más allá uno de carnitas, enseguida otro de baratijas chinas, en una
camioneta vendían pomadas y remedios para curar todas las enfermedades. Siguió
caminando y se detuvo a curiosear donde vendían sillas de montar, riendas,
cabezadas, frenos, pitas, espuelas y un montón de cosas que él sabía que le
hacían falta allá en el rancho.
Tenía hambre. El olor de
los puestos de comida le recordó que ese día apenas había tomado pinole un par
de veces mientras tomaba un descanso en el camino. Cualquier lugar es bueno,
pensó mientras se acomodaba en un banco de madera, frente a un letrero que anunciaba
tacos de carne asada a 35 la orden y junto a un anuncio de cerveza. —Por los
que saben lo que quieren— rezaba el cartel en el que resaltaba el color rojo.
El anuncio le disparó la sed y además de los tacos, pidió una cerveza.
Casi se terminó la cerveza para
cuando llegaron los tacos, tan bien le supo que pidió otra, una orden más de
tacos, otra cerveza y otra. Mañana me regreso en camión, pensó. Pero mientras
tanto, qué bien me están cayendo estas cervecitas.
Casi oscurecía y aún no había
buscado un lugar donde dormir, aunque realmente no le preocupaba mucho. Bastaba
apartarse un poco de ese mar de gente y enredarse en su cobija en cualquier rincón.
Por lo pronto tenía el ánimo alegre y nada que hacer hasta el momento de
emprender el viaje de regreso.
Caminó sin llevar un rumbo
definido, siguiendo el sonido de una canción que le gustaba y que podía distinguir
entre toda la maraña de sonidos que a esa hora se tejían en el aire. —Dame el
gusto mujer de tomar y gozar de la vida—. Escuchó más claramente la canción y
se detuvo a averiguar dónde estaban los músicos y hacia allá encaminó sus
pasos. Un escenario improvisado donde tocaba un conjunto de bajosexto y
acordeón, carpas con marcas de cerveza, mesas, hieleras y un ambiente muy
alegre de cantina improvisada y salón de baile al aire libre lo hizo decir para
sí mismo, de aquí soy y aquí me quedo un buen rato.
Era más un hombre de trabajo que
de fiesta, no era muy dado a las borracheras, pero esa noche se sentía muy
contento. De cualquier modo era bastante sensato y sabía que era mejor cuidar
su poco dinero, así es que se propuso escuchar la música un rato, tomar un par de cervezas más y hacer
una prudente retirada.
Cerca de la media noche reinaba
la alegría en el pueblito de El Tizonazo. Se habían consumido ya litros y más
litros de cerveza y tequila. Los conjuntos de música no paraban de sonar en
varios lugares y había quienes expresaban su alegría con descargas de balas al
aire. Fue la hora en que decidió que era mejor buscar un lugarcito para pasar
el resto de la noche y descansar.
Mientras caminaba hacia una
lomita que pensaba remontar para buscar un lugar abrigado lejos del bullicio,
escuchó una descarga de seis tiros al hilo y varios gritos de alegría. A lo
lejos respondieron con otra descarga y más balazos de un lado y de otro. —Que
se sigan divirtiendo. Para mí se acabó la fiesta por hoy— Pensó en voz alta
como si alguien pudiera escucharlo. Y parecía que sí, porque en ese momento
otra descarga rompió el aire y un instante después un solo balazo aislado.
Al momento sintió que algo le
quemaba la garganta. De pronto no entendió de qué se trataba y llevó sus manos
al cuello como un reflejo destinado a aliviar ese dolor ardiente que iba
haciendo que se le nublara la vista. Sintió sus dedos mojados y mientras caía
lentamente se dio cuenta de que una bala perdida lo había alcanzado.
José Encarnación González quedó
tirado en el suelo con los brazos en cruz. Se había cumplido un año y seis
meses de aquella promesa hecha al Señor de los Guerreros, cuando su hijo,
recién nacido, estuvo a punto de morir por una enfermedad que él desconocía. “Santo
Señor de los Guerreros, salva a mi hijo y te prometo que iré caminando a verte
hasta El Tizonazo… Por favor, hazme el milagro, si quieres toma mi vida, pero
haz que mi hijo se salve…” Antes de perder definitivamente la conciencia, José
Encarnación recordó palabra por palabra la oración pronunciada un año y seis
meses atrás, con toda la esperanza y la fe de un hombre devoto.
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